Ken Ellingwood Los Angeles Times
26 de junio, 2008
El Paraíso, El Salvador -- Cual boxeador que se aproxima al cuadrilátero, Mauricio Funes se abre paso entre el gentío de admiradores agitados.
Los altoparlantes resuenan con un antiguo himno izquierdista mientras un dosel de estandartes de campaña rojos imparten un aire celebratorio a este caluroso pueblo agrícola.
Es un momento intoxicante para el candidato presidencial Funes y sus simpatizantes de la izquierda salvadoreña que enarbolan banderas. En lo que sería un viraje improbable, Funes pudiera ser el próximo líder de El Salvador que goza de fama como conservador.
El periodista televisivo de 48 años, novato en la política, ha estremecido a este país centroamericano al lograr una ventaja considerable en la contienda como representante del grupo de izquierda que libró una guerra de guerrillas en el país hace dos décadas.
Una victoria para Funes representaría un hito histórico para su partido, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), y para un país donde los recuerdos de la guerra aún arden.
Funes, que fue periodista durante la guerra, espera posicionarse como líder de la generación de posguerra, dirigiéndose a unos 350,000 jóvenes salvadoreños que votarán por primera vez. Muchos no habían nacido cuando los guerrilleros del FMLN peleaban contra el Ejército en las colinas que bordean lugares tales como El Paraíso, donde se hallaba una base militar clave en el norte del país.
También ha cobrado impulso debido al descontento por la subida de precios de alimentos y combustible, y por la decisión del gobierno de derecha de adoptar el dólar estadounidense como moneda oficial del país desde hace siete años.
Faltan nueve meses para las elecciones, un eón en términos de campaña. Pero varias encuestas muestran a Funes sólidamente delante de la Alianza Republicana Nacionalista (Arena), que ha gobernado este país de siete millones de habitantes desde 1989.
Una gran razón para ello es que los votantes están disgustados por las tribulaciones económicas, cada vez mayores en El Salvador, y la violencia alarmante, en gran parte causada por las pandillas callejeras que han matado a más de 14,000 personas en los cuatro años de presidencia de Elías Antonio Saca.
“Quiero ver cambio. Ese es el punto clave — cambio”, dijo Fanny Beatriz Romero, una comerciante de 34 años que dijo que solía votar por Arena.
Un triunfo de Funes añadiría El Salvador a la creciente lista de países latinoamericanos que han elegido presidentes de izquierda. El país, cuya guerra civil costó 75,000 vidas antes del acuerdo de paz de 1992, ha sido un ferviente aliado de EEUU.
Un político distinto
Funes, un ex presentador de un programa de entrevistas que usa lentes de moda y lleva su pelo canoso muy rebajado, es un forastero en la política y un recién llegado al FMLN. Muchos salvadoreños de a pie lo admiran por sus preguntas duras y por criticar fuertemente al gobierno de Arena en su programa diario, “La Entrevista”.
Encuestas recientes dan a Funes una ventaja de hasta 21 puntos porcentuales por encima del candidato de Arena, Rodrigo Ávila, ex jefe de la policía nacional. Las encuestas, realizadas por investigadores universitarios y empresas encuestadoras independientes, muestran un profundo descontento con Saca, de Arena, y poca confianza en la capacidad de ese partido para resolver los problemas del país.
Funes pinta a Arena como un baluarte de pejes gordos desfasados que se han enriquecido mientras que gran parte del país está en la penuria.
Durante un discurso de campaña, por ejemplo, Funes tachó de “inmoral” el nuevo impuesto de cuatro centavos por minuto de llamadas telefónicas internacionales. La cuestión es delicada. Más de 800,000 salvadoreños han migrado a EEUU pero conservan vínculos familiares en el país.
Funes precavidamente ha tratado de evitar que lo tilden de izquierdista de línea dura, en un país que tras la guerra sigue estando profundamente polarizado.
Dice que sería “irresponsable”, desde el punto de vista de las finanzas, apartarse del dólar, y afirma que el momento no es el correcto para procurar ningún cambio en el acuerdo regional de libre comercio con Estados Unidos.
“El Salvador necesita una izquierda democrática, realista y responsable”, dijo Funes en una entrevista en San Salvador, la capital.
Funes es más propenso a tener como modelo al presidente de Brasil, Luis Inacio Lula da Silva, que a los miembros de la vieja guardia del FMLN, o al bombástico presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien ha antagonizado a los estadistas de EEUU. La esposa de Funes, Vanda Pignato, que es brasileña, es una de las fundadoras del Partido de los Trabajadores de Lula da Silva.
Funes se ha reunido con funcionarios estadounidenses durante sus viajes a Estados Unidos en meses recientes para aclarar que él mantendría relaciones bilaterales estrechas, sobre todo en asuntos tales como la lucha regional contra el narcotráfico y el crimen organizado. En reconocimiento a la influencia política de los salvadoreños en el extranjero, él se reunirá con expatriados hoy en Los Ángeles y hablará en una conferencia en UCLA mañana.
Los partidarios de Arena agrupan a Funes con Chávez, con el ex líder cubano Fidel Castro y con el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, para sembrar temores acerca de lo que pudiera hacer un régimen de izquierda en El Salvador.
“Lo que más me preocupa es que [el FMLN] quiere cambiar el sistema: nacionalizar las empresas, apoderarse de los negocios privados”, dijo Hugo Barrera, un comerciante que fue cofundador de Arena a principios de los ochenta.
Pero muchos en la izquierda dicen que la candidatura de Funes en sí es prueba de cuánto ha cambiado el FMLN desde que los combatientes trocaron las armas por puestos en el gobierno salvadoreño.
El mejor aliado electoral de Funes pudiera ser la creciente ira por los continuos aumentos de precios en alimentos básicos y gasolina. El descontento se respiraba entre la muchedumbre congregada en El Paraíso, tradicionalmente un baluarte conservador.
Los campesinos se quejaban del alza galopante en los precios de fertilizantes. Otros citaban escasez de trabajo. Muchos hablaban con fervor de la necesidad de hacer un cambio, pero sin ofrecer remedios específicos.
María Teresa Tobar, de 58 años, que cría sola una hija de 11 años, dijo que está considerando votar por el FMLN por primera vez, porque no puede cubrir gastos con lo que gana con un pequeño sembrado de maíz y el planchado de ropa que hace ocasionalmente.
“No confío en el FMLN, pero me siento sola”, dijo Tobar, parada en un extremo del mitin de Funes. “Le di mis dos hijos al gobierno y ahora no tengo nada”.